Data: 24/03/2026
En Guatemala, el 2% de los propietarios controla más del 56% de la tierra agrícola. Los ríos se desvían para regar plantaciones de caña de azúcar y palma africana mientras familias enteras caminan kilómetros para conseguir agua potable. El 73% de las mujeres que trabajan en el campo cobran menos de la mitad del salario mínimo legal. Y cuando las comunidades se organizan para defender sus territorios, la respuesta del Estado no suele ser el diálogo: es la criminalización, los desalojos forzados, la militarización.
Este es el contexto en el que el Comité de Desarrollo Campesino (CODECA) ha presentado su Agenda Campesina 2026–2030: Agua, Tierra, Territorio y Semillas en Resistencia. Un documento construido colectivamente desde las bases, que no es solo un diagnóstico de los problemas, sino una propuesta política de transformación estructural.
No es un problema del pasado. Es el sistema.
La concentración de la tierra en Guatemala no nació con el neoliberalismo, pero el neoliberalismo la ha profundizado con una eficacia brutal. Bajo el eufemismo del ‘desarrollo rural’, las grandes corporaciones agroindustriales y extractivas han accedido a las tierras más fértiles del país, han privatizado ríos y cuencas, han sustituido la milpa diversificada por monocultivos que agotan los suelos y han dejado sin sustento a miles de familias campesinas e indígenas.
El resultado es una paradoja escandalosa: Guatemala es un país de suelos fértiles y enorme riqueza ecológica, pero registra una de las tasas de desnutrición infantil más altas del continente. La migración se ha convertido en la única estrategia de supervivencia y las remesas, el dinero que envían desde el exilio, en el parche que tapa la herida estructural.
Mucho más que semillas
Uno de los aspectos más urgentes de la agenda de CODECA es la defensa de las semillas nativas. Variedades de maíz, frijol y otros cultivos adaptadas durante siglos a cada microclima y suelo de Guatemala están desapareciendo, desplazadas por semillas híbridas y transgénicas controladas por multinacionales. Con ellas se pierde no solo biodiversidad: se pierde autonomía alimentaria, se rompe la transmisión intergeneracional de conocimiento, y se erosiona la relación espiritual de los pueblos con la Madre Tierra.
Las mujeres indígenas han sido históricamente las guardianas de estas semillas. Por eso, la pérdida de variedades nativas es también una pérdida de poder de las mujeres: del saber que custodian, de la autonomía que les otorga, del papel político que ejercen en sus comunidades.
CODECA propone bancos comunitarios de semillas, ferias de intercambio y la defensa legal de las semillas como patrimonio colectivo, no como mercancía.
El agua: un ser vivo
Para los pueblos indígenas, el agua no es un insumo productivo. Es un ser vivo, parte de la cosmovisión y de la relación espiritual con el territorio. Pero el modelo agroexportador la trata exactamente como lo contrario: como un recurso a explotar, desviar, contaminar y vender.
La Ley 08-2023, aprobada en Guatemala bajo el argumento de "proteger servicios esenciales", ha convertido en delito la resistencia comunitaria cuando las comunidades se oponen a la privatización del agua, o a proyectos hidroeléctricos impuestos sin consulta previa. Quienes defienden sus ríos arriesgan la cárcel. Quienes los contaminan, gozan de impunidad.
Frente a eso, la Agenda Campesina propone comités comunitarios de agua con participación paritaria de mujeres y jóvenes, jornadas de reforestación en zonas de recarga hídrica y acciones legales estratégicas contra las concesiones extractivas.
La resistencia tiene rostro de mujer
La problemática agraria tiene género. Las mujeres campesinas e indígenas enfrentan una doble exclusión: no figuran como titulares de las tierras que trabajan, quedan fuera de los programas de crédito y titulación, y soportan las peores condiciones laborales del sector. Cuando sus comunidades son desalojadas, ellas son quienes sufren con mayor dureza la pérdida de los huertos familiares, de las plantas medicinales, del espacio donde criaban animales para alimentar a sus familias.
CODECA cree firmemente que no habrá transformación agraria sin el protagonismo de las mujeres: titularidad colectiva con copropiedad, acceso prioritario a semillas y recursos productivos, escuelas de liderazgo feminista y mecanismos de paridad en todas las instancias organizativas.
Del Buen Vivir como horizonte
La Agenda Campesina 2026–2030 no pide reformas parciales. Plantea algo más profundo: superar el modelo mismo. CODECA asume el Buen Vivir —Utz K'aslemal, en lengua maya— no como una etapa del desarrollo, sino como una alternativa civilizatoria al sistema capitalista, colonial y patriarcal. Un horizonte en el que la tierra no es un activo financiero, el agua no es una mercancía y las semillas no tienen dueño corporativo.
Eso implica, en lo concreto, impulsar la agroecología, recuperar los saberes ancestrales, construir mercados campesinos autónomos y avanzar hacia un Estado Plurinacional con autonomías territoriales reconocidas constitucionalmente.
Nuestra apuesta: cooperación que acompaña
Desde la Fundació Pau i Solidaritat acompañamos a CODECA en este proceso porque creemos que la solidaridad internacional no consiste en llevar soluciones desde fuera, sino en fortalecer las que las propias comunidades han construido con décadas de organización y lucha. La Agenda Campesina 2026–2030 es precisamente eso: una propuesta que nace desde las comunidades, con legitimidad social y política, y que merece el respaldo de quienes, desde aquí, creemos que otro mundo, otro modelo, es necesario y posible.
Para acceder al documento: Agenda Campesina 2026–2030: Agua, Tierra, Territorio y Semillas en Resistencia haga clic aquí.